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Julián Herbert. Asalto a la memoria fractal

Julián Herbert. Canción de tumba. Mondadori 2011

El límite entre ficción y autobiografía probablemente sea uno de los grandes temas de la literatura actual: esa frontera difuminada y cambiante que en los últimos años ha sido el punto de partida, y a la vez, el punto de llegada de muchos escritores. En el caso de Julián Herbert (Acapulco, 1971), el motor literario de su Canción de tumba es la narración que hace, en primera persona, de la lenta enfermedad de su madre moribunda en el hospital. Una narración que permite a Herbert, por un lado, reconstruir su propia vida y por otro, establecer una poética sobre realidad, verosimilitud y novela. De entrada, uno puede pensar que el punto fuerte de Canción de tumba se encuentra en la condición sórdida del argumento (el trabajo como prostituta de la madre, una infancia pobre y viajera, la leucemia materna…), pero nada más lejos de eso. No estamos en El corazón es mentiroso de T.J. Leroy, donde al margen de la manipulación mediática de la autoría, era el desencanto “next-generation” lo que daba input a la obra. No estamos en Ahora es el momento del norteamericano Tom Spanbauer y sus cuentas pendientes con el pasado. Ni siquiera estamos en Amarillo, ese relato en el que el desaparecido Félix Romeo reconstruye la figura de su amigo Chusé Izuel a partir de su suicidio.

Julián Herbert quiere trascender su biografismo. Y para ello, desfragmenta la historia, rompe la linealidad y se apoya en la metaliteratura como estrategia narrativa. Lo que nos hace pensar en Vicente Luis Mora, Jorge Carrión o incluso en Fernández Mallo. De hecho, incluir en la novela las “tomas falsas” de la misma (es decir, las anotaciones a partir de las cuales sabemos qué es ficción y qué no lo es en Canción de tumba) aporta al conjunto una fuerza y una rotundidad brutales. Porque Julián Herbert ha elaborado un entramado brutal. Y lo es no sólo por hacer de la enfermedad un tema literario o por esos fotogramas nihilistas de México (con Houellebecq como de fondo). Canción de tumba es un libro feroz por el uso que el autor hace del lenguaje y por esa forma personal de investigar los confines esquivos entre vida, memoria y literatura. Algo así como si lo metaliterario, además de ser un análisis sobre el proceso creativo, permitiera a Herbert desentrañar el feísmo trágico y a veces optimista de la condición humana.

Con el paroxismo editorial que vivimos en España, uno tiene la sensación de moverse en un continuo déjà vu, o mejor dicho, en un continuo déjà lu: libros y libros que cuentan lo mismo, que dicen lo mismo y que son más de lo mismo. Sin embargo, Canción de tumba nos muestra a un escritor con músculo propio. Un escritor con la valentía suficiente para hablarnos, sin imposturas, de la vida, de la muerte y del sentido oscuro de las cosas. Un texto lleno de humor y desesperanza que no arrasará en la lista de ventas, pero que nos ayudará a mantener la fe en la palabra impresa. Probablemente de lo mejor que ha llegado a las mesas de novedades en este finiquitado 2011.



  1. Lorenzo (Reply) on Lunes 27, 2012

    Estoy de acuerdo con lo que comentas en la reseña. Al margen de la historia (o con ella misma), me ha soprendido la manera de conectar memoria y literatura. Que el autor comente que si finalmente no muere su madre, se queda sin novela, marca el nivel de inquietud “metaliteraria” de libro. Sí, Canción de tumba es muy bueno.